Navidad… ¿Desde cuándo?

Fiesta, paganismo, celebración, tradición, cristianismo, nacimiento.

La palabra “navidad” es una contracción de “natividad”, que significa natalicio. Esta fiesta hizo su aparición en la Iglesia Católica y de allí se extendió al protestantismo y al resto del mundo.

Ahora bien, de donde la recibió la Iglesia Católica? No fue de las enseñanzas del Nuevo Testamento. No fue de la Biblia ni de los apóstoles quienes habían sido instruidos personalmente por Jesucristo. La Navidad se introdujo en la Iglesia durante el siglo cuarto, proveniente del paganismo.

Puesto que la celebración de la Navidad fue introducida en el mundo por la Iglesia Católica Romana y no tiene otra autoridad que la de ella misma, veamos lo que dice al respecto la Enciclopedia Católica (edición de 1911): “La Navidad no estaba incluida entre las primeras festividades de la Iglesia.

Los primeros indicios de ella provienen de Egipto. Las costumbres paganas relacionadas con el principio de enero se centraron en la fiesta de la Navidad.

Cálculo de la fecha de Navidad según los Evangelios.

Se ha intentado calcular la fecha del nacimiento de Jesús tomando la Biblia como fuente, pues en Lucas 1:5-14 se afirma que en el momento de la concepción de Juan el Bautista, Zacarías su padre, sacerdote del grupo de Abdías, oficiaba en el Templo de Jerusalén y, según Lucas 1:24-36 Jesús nació aproximadamente seis meses después de Juan. Crónicas 24:7-19 indica que había 24 grupos de sacerdotes que servían por turnos en el templo y al grupo de Abdías le correspondía el octavo turno.

Contando los turnos desde el comienzo del año, al grupo de Abdías le correspondió servir a comienzos de junio (del 8 al 14 del tercer mes del calendario lunar hebreo). Siguiendo esta hipótesis, si los embarazos de Isabel y María fueron normales, Juan nació en marzo y Jesús en septiembre. Esta fecha sería compatible con la indicación de la Biblia (Lucas 2:8), según la cual la noche del nacimiento de Jesús los pastores cuidaban los rebaños al aire libre, lo cual difícilmente podría haber ocurrido en diciembre. Cualquier cálculo sobre el nacimiento de Jesús debe estar ajustado a esta fuente primaria, por lo que la fecha correcta debe estar entre septiembre y octubre, principios de Otoño. Además, debe tomarse en cuenta el censo ordenado por César al tiempo del nacimiento del Hijo de Dios, lo cual obviamente no pudo haber sido en diciembre, época de intenso frío en Jerusalén, la razón es que el pueblo judío era proclive a la rebelión y hubiera sido imprudente ordenar un censo en esa época del año.

Como los turnos eran semanales, tal y como lo confirman los rollos del Mar Muerto, descubiertos en Qumrán, cada grupo servía dos veces al año y nuevamente le correspondía al grupo de Abdías el turno a finales de septiembre (del 24 al 30 del octavo mes judío). Si se toma esta segunda fecha como punto de partida, Juan habría nacido a finales de junio y Jesús a finales de diciembre. Así, algunos de los primeros escritores cristianos (Juan Crisóstomo, 347-407) enseñaron que Zacarías recibió el mensaje acerca del nacimiento de Juan en el día del Perdón, el cual llegaba en septiembre u octubre. Por otra parte, según los historiadores, cuando el Templo fue destruido en el año 70, el grupo sacerdotal de Joyarib estaba sirviendo. Si el servicio sacerdotal no fue interrumpido desde el tiempo de Zacarías hasta la destrucción del templo, este cálculo tiene al turno de Abdías en la primera semana de octubre, por lo que algunos creen que el 6 de enero puede ser el día correcto.

En un tratado anónimo sobre solsticios y equinoccios se afirmo que “Nuestro Señor fue concebido el 8 de las calendas de abril en el mes de marzo (25 de marzo), que es el día de la Pasión del Señor y de su concepción, pues fue concebido el mismo día en que murió“. Si fue concebido el 25 de marzo, la celebración de su nacimiento se fijaría nueve meses después, es decir, el 25 de diciembre.



FELICES … !!!

La Narradora de Cuentos

Ana María Matute

Premio Cervantes 2010

Érase una vez una niña de cinco años que “cogía una hoja de papel, la doblaba en cuatro, le colocaba el hierrecillo que sujetaba las páginas del periódico ABC, y escribía un cuento”. Por Pedro Manuel Víllora.

Entrevista publicada a “ABC” el 20/10/02 por Trinidad de León Sotelo.

¿Qué diría de sus primeros pinitos en la literatura?
– Eran cuentos típicos de una niña de aquélla época, románticos y sentimentales. En realidad, eso me ha gustado también de mayor.

Cuentos de infancia (Martínez Roca) recoge nueve cuentos de la más que jovencísima autora. Dos fueron escritos cuando tenía 5 años; uno, con 10; dos, con 12 y, finalmente, cuatro con 14. El volumen incluye, también, un prólogo de Ana María Moix, un delicioso facsímil de El duende y el niño, y una pequeña biografía de Ana María Matute. Las coloristas ilustraciones, también de aquella Matute  niña, embellecen asimismo unas páginas que, literalmente, pueden deleitar a chicos y grandes.

¿Considera un regalo tener tanta imaginación?


-A veces es una maldición que se paga tan cara como la inocencia. En ocasiones pienso que no pasé de los 11 años, y que no crean que soy tonta, porque no va por ahí la cosa.


Entrevista al diari “ABC” publicada el 23/08/02 per Emilia Ruíz Martínez

¿Cree que en la infancia surge la potencialidad de la lectura?
-Creo que todo viene de la infancia. Esos años nos marcan de una manera tremenda, también en el aspecto literario. Mi trayectoria como escritora empezó a una edad muy temprana. Ahora va a salir un libro con una recopilación de los cuentos que escribí de los 5 a los 14 años. No podía reprimirlo. Para los niños de ahora, de la sociedad tecnológica, han cambiado sólo las formas, porque, en realidad, si se les seduce con historias se apartarán de la televisión. Lo que pasa es que los niños no están enseñados. Las escuelas confunden niños con tontos y no lo son. Hay que darles la sensación de que leer no es un castigo ni un deber, sino un placer. Si el niño entiende esto se convierte en un lector compulsivo, como yo.


¿Cree, como Abel Posse, que en los momentos terribles el libro es «el gran amigo»?
-Por supuesto, siempre. El gran amigo de mi infancia, de mi juventud y de mi decrepitud fue el libro. ¿Cómo puede ser que a alguien no le guste leer? ¿No se dan cuenta de lo que se pierden? Y es porque, de niños, no los han enseñado. ¡Les hacen leer cada cosa! Yo he visto llorar a un niño porque en el colegio le habían obligado a leer El Buscón. Eso es un atentado contra la cultura, porque estos niños necesitan otra cosa a esa edad.

¿Cómo es el recuerdo de su infancia: positivo, negativo?
En conjunto, positivo. Mi infancia fue muy rica. Lo pasé muy mal en algunos momentos, pero creo que como todos los niños. Los niños viven intensamente su infancia, y la infancia es muy importante. Yo digo que la infancia es más larga que la vida, y es verdad. Fíjase que uno se acuerda de muchas más cosas de cuando eras niño que de cuando eres una persona adulta. La infancia marca de manera definitiva. En conjunto, creo que la mía fue positiva, porque hay que sufrir también. Y no es que sea una apologista del sufrimiento en el sentido falsamente cristiano, sino porque enriquece. Lo que no enriquece nunca es el dolor físico, eso no. Eso que te dicen: «Sufre, sufre; ya verás cómo te enriqueces». ¡Que se enriquezca tu padre! Así no me gusta enriquecerme. Y tampoco con un sufrimiento demasiado fuerte, porque aniquila y hace tanto daño como el físico; pero, que te den de cuando en cuando una buena bofetada moral, te abre los ojos y te enseña a vivir. Y también te enseña que eso no hay que hacerlo con los demás.


Entrevista publicada a “El País” 25/06/00 a Ana María Matute a cura de Karmentxu Marín.

Dice que no escribe para vender. Pero no parece que pueda quejarse.
Nunca he escrito para vender, sino para comunicar. Si vendo, me parece muy bien y muy sorprendente, porque eso significa que hay mucha gente que me sigue y, sobre todo, que me comprende.


En el bosque, tema central de su obra, ¿hay más lobos o más Caperucitas?
Las Caperucitas son imbéciles. Para mí no tienen ningún interés. Los lobos, sí. Yo tengo una idea del lobo y de Caperucita que se desmarca de los freudianos. El lobo es un ser que me gusta. Yo me siento un lobo estepario.


¿Qué queda tras una existencia de francotiradora?

Pues la satisfacción de no haber claudicado nunca ante nada ni ante nadie, ni ante usos, costumbres, políticas y regímenes.


¿El sentido del humor la ha ayudado a sobrevivir?
Por supuesto. El sentido del humor y reírme de mí misma. El que no se sabe reír de sí mismo va dado.

Lecturas para disfrutar de…

La Narradora de Cuentos.

– El niño al que se le murió el amigo.

– El niño que era amigo del demonio.

– El niño de los hornos.

– El niño que no sabía jugar.

– La niña fea.

– Mar.