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Primer Plato. 

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“Paella de intelectual” de Manuel Vicent

La paella dubitativa la suele guisar un artista o un intelectual. Así se las he visto hacer a Berlanga, a Joan Fuster, a Manolo Vázquez Montalbán, al escultor Amadeo Gabino, A los pintores Eusebio Sempere y Paco Farreras, al cineasta García Sánchez. A La hora de decidir en el último momento si acrecientan, disminuyen, apagan o no apagan el fuego, una cuestión, al parecer, de mucha profundidad filosófica, los intelectuales y artistas gastrónomos se ponen las gafas, sacan con la cuchara de palo unos granos de arroz de distintas latitudes y los acercan a los ojos quemados por mil libros leídos y lienzos pintados, se quedan pensativos y a continuación actúan poseídos por la duda metódica. Tal vez ignoran que el punto del arroz es un ente metafísico, inalcanzable, que siempre está más allá. Entonces comienzan a poner excusas, que el agua no es de Valencia, que el fuego es de gas y no de leña de naranjo como debe ser, que no ha encontrado garrofó en el mercado, que las verduras son congeladas. Su duda se hace explícita cuando piden ayuda a otros para que prueben el caldo para cerciorarse de cómo está de sal. Son dificultades autoimpuestas ante el cataclismo que se avecina, pero la paella tiene la ventaja de que siempre se come tarde y con hambre, por eso el cocinero se cabrea si ve que los invitados toman demasiados aperitivos.

– Si os atracáis de jamón, se os va a quitar el apetito

– Tiene buena cara -dice un futuro comensal, el más zampón, que se acerca al fuego con una cerveza en la mano.

-Huele de maravilla -comenta una buena amiga.

–  No comáis almendras, coño -grita otra vez el cocinero intelectual.

Comer y beber a mi manera. Manuel Vicent

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Segundo Plato.

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Pulpo de John Berger

“25 hombres y mujeres sentados a la mesa”

…A lo largo de la pared opuesta a la entrada llamean unos braseros de leña. Sobre cada uno de ellos cuelga un inmenso caldero de cobre que lleva hirviendo lentamente desde el amanecer. Las cocineras son unas mujeres vestidas de negro que están de pie detrás de los calderos. Cada vez que hace falta más comida una de ellas se inclina sobre el agua humeante y saca enganchado en el tenedor un nuevo pulpo.

        Las criaturas que extraen tienen el tamaño de un girasol inmenso. Antes de echarlas al caldero fueron golpeadas contra las rocas para ablandar su carne. Luego fueron sumergidas y sacadas tres veces del agua hirviendo antes de dejarlas cocer definitivamente. La última vez tomaron color rojizo.

… La mujer lo corta en rodajas con unas tijeras. Las rodajas tienen el tamaño de un anillo de sello. Rociados con sal, aceite y pimentón y servidos en platos de madera, estos anillos constituyen el festín.

         Los platos de madera se comparten. Uno clava un palillo en la joya de su elección y se la come  acompañada de pan gallego, un pan que guarda el secreto de la levadura…

Fotocopias: Cuento 25 hombres y mujeres sentados a una mesa. John Berger

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Postre.

Pastel para enemigos de Derek Munson

84-261-3372-X

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