Ella siempre lo entiende todo

de Luis Ramiro. Del libro “Rojo Chanel”

 

Ha pasado tanto tiempo que apenas puedo recordar el comienzo.

Fueron largas noches de dormir abrazados,
de lamer sus pechos como un cachorro de gatos,
de besarnos en cada plaza, en cada esquina, en cada cielo.

Acariciar su piel era acariciar el mundo,
olerla era empezar a conocer la vida,
mirarla era ver pasar por sus ojos azules todos los finales
de película, todas las luces que se encienden de madrugada
en edificios dormidos, toda la verdad que se esconde
en los hombres que aún tiene sueños por los que llorar.

En aquella época viajamos juntos a países invisibles,
siempre de la mano, indivisibles, sintiendo las miradas
de admiración ante aquel amor absoluto. El nuestro.

Sobrevolamos juntos bosques amarillos,
océanos de plata,
volcanes cubiertos de mermelada.

Vimos animales que nunca existieron,
seres de otros mundo nos abrieron las puertas de sus casas
de par en par,
nos dieron de comer frutas de aire,
carne de nube,
sopa de estrellas.

Y de golpe, sin darnos cuenta, nos fuimos perdiendo el uno al otro. Nos
convertimos en lo que nunca habríamos imaginado:
dos desconocidos. La rutina nos invadió implacablemente.

Comenzaron las peleas, los gritos a destiempo, el desamparo.

Y aparecieron otras mujeres.
Y salté sin red hacia otros cuerpos.

Y viví en mil casas, en otras vidas. Escribiendo canciones
y dejando el corazón debajo de otras camas. Conocí por fin el
miedo al miedo,  el hambre al hambre, la soledad inconsolable,
el sentirme muerto en mitad de la avenida. “Así debe ser la
vida en realidad” pensé. Y seguí adelante como todos seguimos
adelante, buscando restos de felicidad entre las brasas de un
pasado que ya se había apagado hacía muchos muchos años.

Pero ella, seguía allí, desde la distancia, contemplando el devenir de mi vida. Rezando a ningún Dios, cada noche, por mí.

Ahora, después de todo lo vivido, cuando nos vemos, sabe
quién soy tan sólo con mirarme a los ojos, sabe qué me ocurre
simplemente por el tono de mi voz.

Ella no quiere que vuelva,
porque sabe que nunca me fui del todo.

Y, aunque no le diga “Te quiero” lo suficiente,
ella puede entenderlo. Siempre lo entiende todo.

Y, pase lo que pase, nunca la llamaré por su nombre,
nunca la trataré de usted.

Me dirigiré a ella de la única forma posible.

La única forma que tengo de llamarla:

Mamá.

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Las Tres Edades de la Mujer. Gustav Klimt